LOS
PASOS QUE SIGUIO SHERLOCK HOLMES
Definición del Problema
Se logra cuando a Holmes le envían una carta.
“Mi querido Sherlock
Holmes: Esta noche, a las tres, ha ocurrido un asunto malo en los Jardines
Lauriston, situados a un lado de la carretera de Brixton. El hombre nuestro que
hacía la ronda vio allí una luz a eso de las dos de la madrugada, y como se trata
de una casa deshabitada receló que algo ocurría de extraordinario. Halló la
puerta abierta, y en la habitación de la parte delantera, que está sin
amueblar, encontró el cadáver de un caballero bien vestido, al que halló encima
tarjetas con el nombre de .Enoch J.Drebber, Cleveland, Ohio, EE.UU... No ha
existido robo, y no hay nada que indique de qué manera encontró aquel hombre la
muerte. En la habitación hay manchas de sangre, pero el cuerpo no tiene herida
alguna. No sabemos cómo explicar el hecho de que aquel hombre se encontrase
allí; el asunto todo resulta un rompecabezas. Si le es posible llegarse hasta
la casa en cualquier momento, antes de las doce, me encontrará en ella. He
dejado todas las cosas en statu
quo hasta
recibir noticias suyas”.
Análisis del problema
Se logra cuando está en el
área donde se cometió el crimen.
Holmes dice: “No
se puede perder un momento”. (el
trabajo no se puede aplazar y depende de la naturaleza del problema)
Holmes:
- “No dispongo todavía de datos …. Es una equivocación garrafal el sentar
teorías antes de
disponer de todos los elementos de
juicio, porque así es como éste se tuerce en un determinado sentido”.
Entre más datos tengamos
acerca del problema mejor, se acerca a la solución.
“la rapidez de su facultad de percepción”,
(es
claro que debemos de poseer herramientas de investigación para lanzarnos a la
realización de una tarea)
“Nada hay nuevo bajo el sol. Todo ha
sido ya hecho antes.” (Los
antecedentes del problema o problemas parecidos y sus soluciones ayudan al
análisis).
El sr. Holmes inicia
formulando una serie de hipótesis que va comprobando su veracidad conforme
avanza la investigación.
Al final él explica los pasos
que siguió:
“Empecemos por el
principio. Llegué a la casa, como usted sabe, a pie y con el cerebro libre de
toda clase de impresiones. Empecé, como es natural, por examinar la carretera,
y descubrí, según se lo tengo explicado ya, las huellas claras de un carruaje,
y este carruaje, como lo deduje de mis investigaciones, había estado allí en el
transcurso de la noche. Por lo estrecho de la marca de las ruedas me convencí
de que no se trataba de un carruaje particular, sino de uno de alquiler. El
coche Hansom de cuatro ruedas que llaman Growler es mucho más estrecho que el
particular llamado Brougham. Fue ése el primer punto que anoté. Avancé luego
despacio por el sendero del jardín, y dio la casualidad de que se trataba de un
suelo de ardua, extraordinariamente apto para que se graben en el mismo
huellas. A usted le parecerá, sin duda, una simple franja de barro pisoteado,
pero todas las huellas que había en su superficie encerraban un sentido para
mis ojos entrenados. En la ciencia detectivesca no existe una rama tan
importante y tan olvidada como el arte de reconstruir el significado de las
huellas de pies. Descubrí las fuertes pisadas de los guardias, pero vi también
la pista de dos hombres que habían pisado primero el jardín. Era cosa fácil
afirmar que habían pasado antes que los otros, porque en algunos sitios sus
huellas habían quedado borradas del todo al pisar los segundos encima mismo. Es
como fabriqué mi segundo eslabón, que me informó de que los visitantes
nocturnos habían sido dos, uno de ellos notable por su estatura (lo que calculé
por la longitud de su zancada) y el otro elegantemente vestido, a juzgar por la
huella pequeña y elegante que dejaron sus botas.
Esta última deducción
quedó confirmada al entrar en la casa. Allí tenía delante de mí al hombre bien
calzado. Por consiguiente, si había existido asesinato, éste había sido cometido
por el individuo alto. El muerto no tenía en su cuerpo herida alguna, pero la
expresión agitada de su rostro me proporcionó la certeza de que él había visto
lo que le venía encima. Las personas que fallecen de una enfermedad cardíaca, o
por cualquier causa natural repentina, jamás tienen en sus facciones señal
alguna de emoción. Cuando olisqué los labios del muerto pude percibir un leve
olorcillo agrio, y llegué a la conclusión de que se le había obligado a ingerir
un veneno. Deduje también que le habían obligado a tomarlo por la expresión de
odio y de temor que tenía su rostro. Había llegado a este resultado por el
método de la exclusión, porque ninguna otra hipótesis se ajustaba a los hechos.
No vaya usted a imaginarse que se trata de una idea inaudita. No es, en modo
alguno, cosa nueva, en los anales del crimen, el obligarle a la víctima a
ingerir el veneno. Cualquier toxicólogo recordará en seguida los casos de
Dolsky, en Odesa, y de Leturier, en Montpellier.
A continuación, se me
presentó el gran interrogante del móvil. Éste no había sido el robo, puesto que
no le habían despojado de nada. ¿Se trataría, pues, de política o mediaba una
mujer? Tal era el problema con que me enfrentaba. Desde el primer instante me
sentí inclinado a esta última suposición. Los asesinos políticos tienen por
costumbre darse a la fuga en cuanto han realizado su cometido. Este asesinato,
por el contrario, había sido llevado a cabo de un modo muy pausado, y quien lo
perpetró había dejado huellas suyas por toda la habitación, mostrando con ello
que había estado presente desde el principio hasta el fin. Ofensa que exigía un
castigo tan metódico era, por fuerza, de tipo privado, y no político. Al
descubrirse en la pared aquella inscripción, me incliné más que nunca a mi
punto de vista. Estaba demasiado claro que aquello era una aliagaza.
Pero la cuestión
quedó zanjada al encontrarse el anillo. Sin duda alguna, el asesino se sirvió
del mismo para obligar a su víctima a hacer memoria de alguna mujer muerta o
ausente. Al llegar a este punto fue cuando pregunté a Gregson si en su
telegrama a Cleveland había indagado acerca de algún punto concreto de la vida
anterior del señor Drebber. Usted recordará que me contestó negativamente.
Procedí a continuación a escudriñar con mucho cuidado la habitación, y el
resultado me confirmó en mis opiniones respecto a la estatura del asesino, y me
proporcionó los detalles adicionales referentes al cigarro de Trichinopoly y a
la largura de las uñas. Al no ver señales de lucha, llegué, desde luego, a la
conclusión de que la sangre que manchaba el suelo había brotado de la nariz del
asesino, debido a su emoción. Pude comprobar que la huella de la sangre
coincidía con la de sus pisadas. Es cosa rara que una persona, como no sea de
temperamento sanguíneo, sufra ese estallido de sangre por efecto de la emoción,
y por ello aventuré la opinión de que el criminal era, probablemente, hombre
robusto y de cara rubicunda. Los hechos han demostrado que mi juicio era
correcto.
Cuando salimos de la
casa procedí a realizar lo que Gregson había olvidado. Telegrafié a la Jefatura
de Policía de Cleveland, circunscribiendo mi pregunta a lo relativo al
matrimonio de Enoch Drebber. La contestación fue terminante. Me informaba de
que ya con anterioridad había acudido Drebber a solicitar la protección de la
ley contra un antiguo rival amoroso, llamado Jefferson Hope, y que este Hope se
encontraba en Europa. Sabía, pues, que ya tenía en mis manos la clave del
misterio, y sólo me quedaba atrapar al asesino. En ese momento había yo llegado
mentalmente a la conclusión de que el hombre que había entrado en la casa con
Drebber no era otro que el mismo cochero del carruaje. Las marcas que descubrí
en la carretera me demostraron que el caballo se había movido de un lado a otro
de una manera que no lo habría hecho de haber estado alguien cuidándolo.
¿Dónde, pues, podía estar el cochero, como no fuese dentro de la casa? Además,
es absurdo suponer que ninguna persona que se encuentre en su sano juicio
cometa un crimen premeditado a la vista misma, como si dijéramos, de una
tercera persona que sabe que lo delatará. Y, por último, si alguien quiere
seguirle los pasos a otra persona en sus andanzas por Londres, ¿qué mejor medio
puede adoptar que el de hacerse conductor de un coche público?
Todas estas
consideraciones me llevaron a la conclusión de que a Jefferson Hope habría de
encontrarlo entre los aurigas de la metrópoli. Si él había trabajado de
cochero, no había razón de suponer que hubiese dejado ya de serlo. Todo lo
contrario: desde el punto de vista suyo, cualquier cambio repentino podría
atraer la atención hacia su persona. Lo probable era que, por algún tiempo al
menos, siguiese desempeñando sus tareas. Tampoco había razón para suponer que.
actuase con un nombre falso. ¿Para qué iba a cambiar el suyo en un país en el
que éste no era conocido por nadie? Por eso organicé mi cuerpo de detectives
vagabundos, y los hice presentarse de una manera sistemática a todos los
propietarios de coches de alquiler de Londres, hasta que huronearon dónde estaba
el hombre tras del que andaba yo. Aún está fresco en la memoria de usted el
recuerdo del éxito que obtuvieron y de lo rápidamente que yo me aproveché del
mismo. El asesinato de Stangerson fue un episodio completamente inesperado,
pero que en cualquier caso habría resultado difícil de evitar. Gracias al
mismo, como usted ya sabe, entré en posesión de las píldoras, cuya existencia
había conjeturado. Como usted ve, el todo constituye una cadena de ilaciones
lógicas sin una ruptura ni una grieta”.
Como Él comenta todo es
realizar una metodología lógica sin omitir ningún paso y esto va llevando poco
a poco al resultado final.
LOS
PASOS QUE SIGUIO LA POLICIA LONDINESE SCOTLAND YARD
Por otro lado, los dos detectives siguen metodologías
diferentes y comenten el error no replantearse el problema constantemente, es
la diferencia con el Sr. Sherlock Holmes.
No delimitan el problema
No son analíticos en profundidad en los detalles.
No ven
cada detalle como parte del todo.
La impaciencia es un obstáculo para la investigación
deductiva.
La pereza de no trabajar los detalles del problema es otro
obstáculo para el investigador competente.
Comentario anexo al documento del “Estudio Escarlata” en:
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